Descubre tus deseos

El deseo esencialmente es una inclinación hacia algún objeto, acompañada por un afecto positivo. El objeto determina la calidad del deseo; su intensidad viene del afecto. Los temores pueden considerarse como deseos con un polo negativo.

Todos los deseos son experiencias reales, pero no todos son igualmente auténticos. En lenguaje de Thomas Merton, los deseos auténticos provienen de nuestros "seres verdaderos" y no de nuestros "seres falsos". En lenguaje de Ignacio de Loyola, los deseos auténticos vienen de o al menos son apoyados por ¬la acción del buen espíritu.

Nuestros deseos auténticos son vocacionales. Sólo proponiéndonos la pregunta ulterior "¿Qué quiero?" podemos comenzar a aproximarnos a lo que realmente somos; a nuestras vocaciones, únicas, en la vida. Cuanto más honradamente procuramos identificar nuestros deseos auténticos, tanto mejor revelarán éstos lo que en verdad queremos y quiénes somos en realidad.

Cuando más auténticos nuestros deseos, tanto más nos mueven a glorificar a Dios. Todo ser humano experimenta en cierta medida una inquieta nostalgia de Dios y creemos que, siempre que respondemos con sinceridad a este anhelo, estamos a la vez respondiendo a la gracia de Dios.

Los deseos auténticos son siempre públicos, de algún modo. Esto es paradojal, porque nuestros deseos reflejan ciertamente lo más típicamente personal nuestro, pero al mismo tiempo, cuanto más hondamente nos metemos en nosotros mismos, tanto más manifiestan estos deseos específicamente personales un punto de referencia comunitario y no uno individual.

No deberíamos temer nuestros deseos. Puede esto extrañar, pero no deberíamos apresurarnos en presuponer que lo contrario es lo verdadero. Nuestros deseos más auténticos conllevan casi siempre cierto riesgo, porque nos llevan a lugares y situaciones a donde más bien no iríamos.

Activa y creativamente deberíamos procurar ahondar nuestros deseos y hacerlos más concretos.

Una cantidad tan grande de nuestra energía está estrechamente relacionada con deseos conflictivos que tienden a anularse mutuamente. La persona mortificado reconoce honradamente esos conflictos en sí mismos, y procura deshacerse de los deseos que parecen inauténticos, a fin de que los más auténticos puedan florecer. Verdaderamente el mortificado es un hombre que hace lo que "realmente" quiere hacer: ¡es feliz!

Hemos de tomar en serio el examen de conciencia y el discernimiento. Son estas las técnicas más valiosas de Ignacio, para aflojar la energía que late en nuestros deseos. En el examen, hay dos preguntas que es siempre bueno hacerlas: a) ¿Qué estoy deseando? y b) ¿Qué deseo desear? La primera nos ayuda a conocer la orientación que nuestra afectividad ha tomado ese día y distinguir entre los deseos que glorifican a Dios y los que tienden a alienarnos de nosotros mismos. La segunda pone los deseos del día en el contexto de nuestra historia más amplia, pasada y futura. Respecto del pasado, el preguntarnos qué deseamos desear mantiene vivos en nuestros corazones esos buenos deseos que tal vez una vez experimentamos, pero que se ha enfriado. Respecto del futuro, el desear tener un deseo nos da la posibilidad de salir del estancamiento espiritual presentándonos deseos que una vez tal vez pensamos que eran propiedad exclusiva de los santos. Nos da la ocasión de soñar, y necesitamos soñar si queremos permanecer espiritual y apostólicamente vivos.

Texto retomado de Edward Kinerk, S. J. LOS "GRANDES DESEOS" EN LA ESPIRITUALIDAD DE SAN IGNACIO Y DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS

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