Ordenar la vida significa unificar el corazón y la libertad

El núcleo central de la espiritualidad ignaciana es crecer en libertad para dejarse conducir por Dios.

 

La expresión ordenar su vida

 

Define aquí el orden que se pretende. Deriva del reconocimiento de la voluntad de Dios. Es un orden que afecta al conjunto de la vida y a la reacción del hombre con todas las demás cosas y a las motivaciones más profundas y particulares por las que pueda moverse. El hombre está ordenado cuando se deja guiar en todo por la voluntad divina. Cuando está es su alimento (Jn 4,34), cuando vive la filial, a semejanza de Jesús, el Hijo.

El orden consiste, por consiguiente, en la unificación del corazón, para la verdadera libertad, como resultado de una experiencia habida de Dios. Por la cual, y a partir de ella, busca sólo a Dios, y a las otras cosas de acuerdo a su voluntad. El hombre está ordenado cuando sus motivaciones están unificadas por el cumplimiento de la voluntad divina.

De aquí que el núcleo central de la espiritualidad ignaciana pretendo lograr la libre disposición para: “buscar y hallar la voluntad divina en la disposición de su vida” y en todas las cosas.

El concepto de afección desordenada, consiste en orientarse a un objeto, impulsado por la concupiscencia y con independencia de la voluntad de Dios.

Podríamos definirla como la resistencia de la naturaleza, como resultado del pecado original, por la cual la libre disposición de sí pierde aquella capacidad original de adherirse a la voluntad divina.

El hombre la experimenta como una escisión interior, reflejo psicológico de la concupiscencia, por la cual se siente fuertemente atraído hacia algo “concreto” desordenado que contradice o impide la respuesta total y positiva para Dios. Es una inclinación afectiva de todo el ser hacia “algo” por el que la libre disposición de sí se siente irresistiblemente atraída. Pero que puede ser modificada por gracia, es decir, por la vinculación a Dios, a su amor y su amistad.

Un único amor

El horizonte de libertad que persiguen los Ejercicios apunta a un hecho de gracia: a que el hombre, de resultas del consuelo de Dios, no sólo apetezca teóricamente tener “un único amor”, sino que quede polarizado por la amistad de Cristo y por la búsqueda de su voluntad, y relativice, todo otro amor.

El amor del Señor es tal que no admite otros ídolos. Es desde él y con él desde donde se ama todo y a todos.

Un problema teológico aparentemente insoluble: El orden que se pretende, ¿es consecuencia de pura gracia o es más bien el resultado de la colaboración de la libertad?

Es consecuencia de ambas cosas. Ignacio fue un hombre de experiencia espiritual. Pero, en él todo fue armonía entre gratuidad y libertad, unificadas por un amor incondicional venido de lo alto.

Dios precede, interpela y llama. El sólo tiene el primado y la iniciativa. Da a sentir, invita. Al hombre, le toca asegurarse de la seriedad de su respuesta, de que está dispuesto a elegir y vivir sólo para esa amistad, porque sabe por experiencia que en ella ha hallado la vida; y en la doblez y ambigüedad, en cambio, el desabrimiento y la desolación.

La tarea que el hombre debe realizar es descender al fondo de su verdad, de su situación y de sus desórdenes. Debe mirarlos de frente, cara a cara, debe desenmascarar lo ambiguo y falso. Debe objetivar su situación, desmontar sus mecanismos de autojustificación. Debe distanciarse seriamente de sus afectos para tratar de lograr la indiferencia y libertad. Porque la gracia pasa necesariamente por la cooperación libre del hombre.

Pero, sobre todo, debe dejar que Dios mismo le afecte y conmocione en sus afectos, desde dentro, como resultado de la acción inmediata o mediada de Dios.

A partir de ese momento Dios y el hombre se hallan comprometidos “a un tiempo” en la tarea de salvaguardar la mutua amistad de todo peligro y amenaza. Entonces es cuando el hombre colabora con la gracia. Es tiempo de conversión a Dios y a la verdadera libertad.

El hombre nuevo poseído y movido por la gracia, puede llegar a esa unificación y armonía interna entre su voluntad y la voluntad de Dios. En que todo su camino se oriente por el camino de Jesús.

Todo ello posibilita y da pie a la amistad de Jesús, a la plenitud de la vida cristiana, a la obediencia filial.

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