La comunicación de Dios puede ser por acontecimientos o por mociones

Dios muestra su voluntad a las personas por medio de pensamientos y sentimientos que surgen ante los acontecimientos. De ahí la importancia de aprender a discernirlos.
La comunicación de Dios al ser humano puede tener lugar a través de signos exteriores: la exigencia de la realidad en la que nos encontramos es ya signo de la voluntad de Dios para nosotros; pero puede también comunicarse a través de mociones interiores personales, que, bajo determinadas condiciones, pueden ser reconocidas como provenientes de Dios.
En esto hay que insistir, porque incluso personas que se llaman teólogos pueden tender a pensar que Dios ordena el mundo, o bien indirectamente (a través de las causas segundas), o bien, en el nivel religioso, a través de lo que podríamos llamar inspiración oficial : la Escritura, la Tradición, el Magisterio. Si fuera así, la vida cristiana consistiría sencillamente en intentar acoger la voluntad de Dios en cuanto se va manifestando en la acción de las causas segundas sobre nosotros, y en “obedecer lo que decidan y manden las autoridades competentes.
En realidad no es raro encontrarse con gente que parece que quiere vivir en esta forma… Lo cual entiendo que es un cristianismo pobrísimo. Porque el Papa o el Superior no pueden ni deben decirlo y decidirlo todo” (J. Vives). Además, lo que ellos digan es inevitable que lo tengamos que entender, interpretar y aplicar a cada situación concreta; si no, acabaríamos entendiendo las cosas, cada cual, a nuestro aire y gusto y haciendo prácticamente lo que quisiéramos, eso sí, entre alegatos de estricta fidelidad a lo mandado. Seguro que todos podríamos contar abundantes casos de un semejante proceder farisaico.
El cristiano, por principio, ha de contar con que Dios puede y quiere manifestar una determinada voluntad singular para él, que va más allá de lo que se puede prescribir en la moral general o en el magisterio. La voluntad de Dios para cada uno de nosotros no puede deducirse adecuadamente ni a partir de los acontecimientos del entorno, ni siquiera a partir de las dimensiones religiosa, legal o ética. Esto implicaría verlo todo desde conceptos y éticas generales, dejando de creer en la relación libre de Dios para disponer de la salvación y santificación concreta de cada uno, negando prácticamente una presencia y acción personal concreta del Espíritu de Dios que nos ha sido dado a cada uno en Cristo Jesús.“Entre Dios y el hombre existe una relación real y, por tanto, verdadera comunicación. Pero, Dios no actúa en el ser humano como un ser ajeno, sino a través de los pensamientos y sentimientos del mismo hombre” (M. I. Rupnik).
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