Seguir a Cristo es llevar esperanza, pertenencia y reconciliación: Jesuitas

Siguiendo a Jesús, nos sentimos llamados no sólo a llevar ayuda directa a la gente que sufre, sino también a restaurar a las personas en su integridad, reincorporándolas a la comunidad y reconciliándolas con Dios.

 

Seguir a Cristo cargado con su Cruz significa anunciar su Evangelio de esperanza a los innumerables pobres que habitan hoy nuestro mundo. Las muchas “pobrezas” del mundo representan los tipos de sed que, en último término, sólo puede aliviar quien es agua viva. Trabajar por su Reino significará frecuentemente salir al paso de necesidades materiales, pero siempre significará mucho más, porque la sed de los seres humanos tiene muchas dimensiones; y es a seres humanos a quienes se dirige la misión de Cristo. Fe y justicia; nunca una sin la otra. Los seres humanos necesitan alimento, cobijo, amor, relaciones, verdad, sentido, promesa, esperanza. Los seres humanos necesitan un futuro en el que puedan aferrarse a su plena dignidad; en realidad, necesitan un futuro absoluto, una “gran esperanza” que sobrepase toda esperanza particular. Todas estas cosas están presentes en el corazón de la misión de Cristo, la cual era siempre más que material, como se ve con particular claridad en su ministerio de curación. Al curar al leproso, Jesús lo devuelve a la comunidad, le da un sentido de pertenencia. Nuestra misión encuentra su inspiración en este ministerio de Jesús. Siguiendo a Jesús, nos sentimos llamados no sólo a llevar ayuda directa a la gente que sufre, sino también a restaurar a las personas en su integridad, reincorporándolas a la comunidad y reconciliándolas con Dios. Ello exige muchas veces un compromiso a largo plazo, ya sea en la educación de los jóvenes, en el acompañamiento espiritual de los Ejercicios, en el trabajo intelectual o en el servicio a los refugiados. Esta es la manera como intentamos ofrecernos totalmente a Dios, para su servicio, ayudados por la gracia y desplegando todas las competencias profesionales que tengamos.

 

La manera de actuar del Hijo nos suministra el modelo como nosotros debemos actuar al servicio de su misión. Jesús predicó el Reino de Dios; en realidad, ese Reino se dio con su misma presencia. Y se mostró como alguien que ha venido al mundo no para hacer su propia voluntad, sino la voluntad del Padre del cielo. Toda la vida de Jesús fue una kenosis y afrontó las situaciones por el olvido de sí mismo, buscando no ser servido, sino servir y dar su vida en rescate por muchos. De ese modo, encarnación y misterio pascual se despliegan en su modo de vida; y, al unirnos con Él, su modo de vida será también el nuestro. Como compañeros suyos en la misión, su camino es nuestro camino.

Siguiendo este camino, los jesuitas confirmamos hoy todo lo que fue declarado en las tres últimas Congregaciones Generales sobre la misión de la Compañía. El servicio de la fe y la promoción de la justicia, indisolublemente unidos, siguen estando en el corazón de nuestra misión. Esta opción cambió el rostro de la Compañía. La hacemos nuestra una vez más y recordamos con gratitud a nuestros mártires y a los pobres que nos han nutrido evangélicamente en nuestra propia identidad de seguidores de Jesús: “Nuestro servicio, especialmente el de los pobres, ha hecho más honda nuestra vida de fe; tanto individual como corporativamente”. Como seguidores de Cristo hoy, salimos también al encuentro de personas diferentes de nosotros en cultura y religión, conscientes de que el diálogo con ellas es también parte integrante de nuestro servicio de la misión de Cristo. En cualquier misión que realizamos, buscamos sólo estar donde Él nos envía. La gracia que recibimos como jesuitas es estar y caminar con Él, mirando al mundo con sus ojos, amándolo con su corazón y penetrando en sus profundidades con su compasión ilimitada.

Decreto 2, Congregación General 35

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